Día Internacional del bebé prematuro – 17N

Desde el momento en el que te enteras que estás embarazada empiezas a sufrir. ¿Saldrá todo bien?. ¿Llegaré a término? ¿Estará bien mi bebé? ¿Será prematuro?

Un 21 de septiembre de 2016 me inseminé con semen de donante desconocido, como ya sabéis, por la Seguridad Social a través de una Inseminación Artificial. El 2 de octubre, 10 días después, en un análisis de sangre, me dijeron que estaba embarazada. Las primeras horas fueron de felicidad absoluta. Pero poco a poco empezó a correr el miedo por mi mente.

¡Ostras! ¿y ahora qué? Miedo inimaginables, terribles… Y por lo que me contais, sé que no soy la única que los tuve en las primeras semanas de embarazo. De hecho, tenéis un post que escribí hace unos meses sobre los “Miedos en el embarazo”.

Estando embarazada de 6 meses, en el mes de marzo una tal “@slamas89” , me escribía para decirme que me seguía desde que me hicieron la IAD, pero sintiéndolo mucho tenía que dejar de seguirme.

Le era imposible seguir viviendo mi embarazo. Estaba embarazada de sólo 2 semanas más que yo y Daniela, a las 24 semanas, había decidido salir a explorar el mundo. Ya no quería estar dentro de mamá.

Cuando me escribió aquel mensaje, consiguió encogerme el corazón. Sus letras traspasaron la pantalla de mi teléfono, y también su angustia y desesperación. Lloré como si fuera una de mis hermanas.

20 días después de nacer todavía no había conseguido tenerla en brazos ¡Por Dios! ¡Sólo pesaba 730 gr. y medía 30 cms!

Cada semana le preguntaba por su evolución y poco a poco Daniela salió. Fueron noches complicadas, días largos como panes para sus padres. ¡No me puedo imaginar lo que debió de ser!

Con Sara y Daniela aprendí que los héroes existen. Ellas y el papá son tres supervivientes, de tantos, que lucharon y fueron capaces de hacer frente a la naturaleza ¡nada más y nada menos!

Hoy Sara me enviaba este texto y que, con su permiso, os enseño:

“Asimilar la situación cuando te pones de parto en la semana 24 es imposible, si acaso lo intentas, pero no lo haces.

De un día para otro, en la mitad de tu embarazo, te ves decidiendo si quieres que tu bebe viva o muera, como tirar una moneda al aire para acertar o fallar. Eso te hace derramar las lágrimas más amargas que jamás pensaste que derramarías. Estás en una situación que ni siquiera alcanzas a imaginar. Me había planteado mil posibilidades, pero nunca que mi pequeña nacería  4 meses antes. 

Haciendo el plan de parto pensamos que lo importante era yo, no vería a la niña y tendría reanimación, siempre y cuando no fuese demasiado agresiva y complicada. 

Que ilusos fuimos, que culpable me sentí cuando la ginecóloga vino a buscar a su papá para que fuese a verla, y entonces, si lloré, y en 4 días de ingreso me dejaba llevar por primera vez.

24 semanas y 700g de pura vitalidad me acababan de demostrar lo fuerte que era y lo dispuesta que estaba a luchar por su vida y a desafiar todos esos pronósticos negativos que a mi me habían hecho perder toda esperanza.

Llegó él momento de verla y no sentí que fuese mi hija, para nada me sentía madre, no había llegado la hora y eso acababa de hundirme. Todavía no me había dado tiempo a asimilar que en mi se estaba gestando una vida, y en ese momento no la quise como tal.

¡Más sentimiento de culpa a mi espalda! 

Con los días me di cuenta de que necesitaba estar a su lado, poco a poco fui sintiéndola mi responsabilidad, supongo que ella tampoco estaba preparada para ser mi hija. Y las dos nos fuimos conociendo.

Al fin llegó la presentación oficial, tuve a mi hija en canguro,  no podía sentir su peso sobre mi, y fue como estar embarazada de nuevo, esa sensación que tanto echaba de menos. Mi embarazo no había sido un embarazo y entonces sentí una enorme perdida, casi era como un luto. Había perdido la posibilidad de tener un parto feliz, algo que celebrar, de tener a mi bebe conmigo y como toda madre, presumir de hija. Sin embargo yo no quería que la viesen, sentía que perdería su intimidad, como un falta de respeto. Era el momento estar dentro de mi y no en una caja de cristal, exponiéndose, como si fuese una pieza de museo.

El sentimiento de incomprensión comenzaba a predominar sobre cualquier otro. Nadie, nadie que no lo haya vivido es capaz de imaginarse la magnitud de las barreras con las que se encuentra una mamá y una hija prematura. Ese miedo a tocarla, esa angustia del no saber, esa sensación de que tu hija pertenece al personal hospitalario y no a ti. Todo esto hace que abandones tu vida y te dediques única y exclusivamente a aprender. Aprender a no adelantarte a los acontecimientos, a llenarte de paciencia y a intentar comprender de que aunque todavía no seas tu la que le cambie los pañales, sigues siendo su madre, y tu papel en ese instante es asimilar que a ti por ahora te toca mirar, y que eso de que un bebé con quien mejor está es con su madre, deja de tener todo el sentido.

Seguimos sumando. La lactancia materna; más miedos que en la UCI se palpan en cada mirada y en cada palabra o gesto de cualquiera de las mamás que allí pasan las horas, aguantando, porque jamás había sido tan fácil darlo todo, ofrecer tu vida para que los pequeños comiencen la suyas, para ello pasamos las horas sacando leche, intentando mantener la cabeza despejada y tranquila, por que una sola pizca de tristeza puede hacer que no salga ni un sola gota de ese alimento tan necesario y te quita toda posibilidad d hacer lo único que está en tu mano para ayudar a tu bebé. 

La sala de extracción, tan necesaria, no solo para sacar leche si no para interactuar entre nosotras, y se convierte en un abrir y cerrar de ojos en una reunión de mamás desesperadas y desorientadas intercambiando sensaciones y posibles diagnósticos que en un intento de animarnos, acabamos presuponiendo o directamente inventando. 

Creo que debería existir una sala de estar para mamás y papás y que así ellos también pudieran participar en esas improvisadas y casi clandestinas reuniones de las que una sale sintiéndose un poquito mas comprendida.

El día que puse a mi niña en brazos fue como una primera cita. Se había convertido en un bebé de verdad. Ella pedía dejar el método canguro porque ya se sentía mayor y yo, casi por primera vez, madre. Llegué a casa queriendo recordar cada instante de esa tarde, sonriendo, orgullosa, y con la sensación también por primera vez de que todo iría bien. 

Sara Lamas @slamas89

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